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martes, 8 de septiembre de 2026

Jackeline Sandoval de Guevara: cuando la fortaleza tiene rostro humano

Jackeline Sandoval de Guevara: cuando la fortaleza tiene rostro humano



Hay personas que ejercen el derecho. Otras convierten el derecho en un acto de resistencia.

Conocí a Jackeline Sandoval de Guevara en una época en la que Venezuela mostraba, sin demasiados disimulos, hasta dónde podía llegar el poder cuando la justicia dejaba de ser un límite y se convertía en instrumento de persecución.

Antes de conocerla como mi abogada, conocí a Juan Carlos Sánchez.

Juan Carlos fue una de esas personas que quedaron atrapadas en las llamadas "investigaciones" del caso Anderson. Lo conocí personalmente. Después fue asesinado.

Su asesinato forma parte de una historia que no puede contarse únicamente desde los expedientes judiciales. Detrás de cada nombre había una persona, una familia y una vida que el poder podía destruir con una acusación, una detención, una tortura o, en algunos casos, con la muerte.

Fue en ese contexto que conocí a Jackeline.

Y con el tiempo comprendí que reducirla a la palabra "abogada" sería injusto.

Jackeline no se limitó a ejercer una profesión. Decidió ponerse del lado de quienes habían quedado indefensos frente a un Estado que había convertido la justicia en mecanismo de persecución. No defendía simplemente expedientes; defendía personas.
Defendía humanidad.

Mi propia historia terminaría llevándome por ese mismo camino. Fui víctima de detención arbitraria, tortura y de un proceso judicial viciado. Jackeline asumió mi representación cuando el camino era largo y la esperanza, muchas veces, escasa.

Con el paso de los años, esa perseverancia encontró eco donde pocos imaginaban: la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

Allí llegó mi caso.

Y allí llegó también el caso de los Guevara, una lucha que Jackeline había sostenido durante décadas, no solo como abogada, sino como esposa de Rolando Guevara, y como mujer que conocía el precio personal de enfrentarse al poder.

Pocas personas pueden decir que han acompañado dos caminos tan distintos hasta el mismo tribunal internacional.

Ella puede.

Pero mientras defendía mi caso, también libraba su propia batalla.

La prisión, la persecución y el sufrimiento padecidos por Rolando Guevara marcaron profundamente la vida de toda su familia. Aquello no fue para Jackeline una historia que leyó en un expediente. Era su propia vida.

Y, sin embargo, nunca vi en ella una mujer derrotada por sus circunstancias.

Vi una mujer herida, sí.

Pero también vi una mujer de pie.

Vi a una profesional rigurosa, incansable y extraordinariamente comprometida. Una mujer capaz de enfrentarse a instituciones mucho más poderosas que ella sin perder la serenidad ni la dignidad.

Donagee

Hay nombres que no deberían pasar rápidamente por un texto.

Donagee es uno de ellos.



Cuando se habla de una persona que ya no está, existe una tendencia a recordarla únicamente desde la solemnidad. Yo prefiero recordarla desde su humanidad.

En el trato cotidiano era más bromista. Tenía esa capacidad de hacer más ligeros los momentos compartidos, de introducir una sonrisa y quitarle solemnidad a una conversación cuando las circunstancias lo permitían.

Y eso no tenía absolutamente nada que ver con su faceta profesional.

Al contrario.

En ella convivían la profesional responsable y rigurosa con la mujer cercana, espontánea y con un sentido del humor que hacía más cálido el día a día.

Creo que esa es una de las cosas que hacen verdaderamente humana a una persona.

No somos únicamente nuestros cargos o las batallas que libramos. También somos nuestras conversaciones, nuestras bromas, nuestras ocurrencias y esas pequeñas cosas que, mientras estamos vivos, parecen normales y que después adquieren un valor inmenso.

Una frase.

Una sonrisa.

Una manera particular de decir las cosas.

Eso también es memoria.

No tuve con Donagee la misma relación que tuve con Jackeline, pero siempre me ha parecido importante que su recuerdo no quede reducido a una mención al pasar ni a la condición de "la hermana de Jackeline".

Donagee tuvo su propia historia, su propia personalidad y dejó su propia huella.

Por eso estas líneas son también para ella.

Porque recordar a alguien con una sonrisa también es una forma de quererlo.

Y hay ausencias que no desaparecen.

Simplemente cambian de lugar.

Pasan a vivir en la memoria de quienes los quisieron.

Donagee permanece allí.

Y también, de alguna manera, permanece en Jackeline.

Una familia marcada por la adversidad

La historia de Jackeline no puede separarse de su familia.

Su esposo, Rolando Guevara, sufrió años de prisión y persecución.

Sus hijos, Rolando y Reinaldo, crecieron viendo de cerca lo que significa que una familia sea golpeada por razones políticas y judiciales.

He tenido la oportunidad de conocerlos y puedo decirlo sin reservas: son dos maravillosas personas.

Nobles, respetuosos y profundamente humanos.

En ellos también se percibe algo de Jackeline.

Porque hay valores que no necesitan ser explicados.

Se transmiten con el ejemplo.

La vida volvió a ponerla a prueba años después cuando Jackeline sufrió un accidente cerebrovascular.

Una vez más tuvo que enfrentarse a una circunstancia que nadie elige.

Y una vez más volvió a levantarse.

No porque sea invulnerable.

Precisamente porque no lo es.

La fortaleza de Jackeline nunca ha consistido en no sufrir.

Ha consistido en seguir adelante a pesar del sufrimiento.

Una mujer de pie

He conocido personas brillantes.

He conocido personas valientes.

No siempre ambas cualidades coinciden.

En Jackeline sí.

Mientras otros construían discursos, ella construía expedientes.

Mientras muchos hablaban de justicia, ella trabajaba para conseguirla.

Y mientras algunos abandonaban las causas cuando dejaban de ser convenientes, Jackeline permanecía.

Nunca la vi buscar protagonismo.

Su trabajo hablaba por ella.

Su compromiso hablaba por ella.

Su perseverancia hablaba por ella.

Mi gratitud hacia Jackeline va mucho más allá de haber sido mi representante legal.

Nace también de haber compartido una parte de una historia particularmente dura y de haber comprobado personalmente qué significa tener al lado a alguien que no abandona cuando sería mucho más sencillo hacerlo.

Cuando mi voz parecía insuficiente, ella ayudó a que siguiera existiendo un lugar desde donde pudiera ser escuchado.

Y quizás haya una imagen que resuma mejor que cualquier elogio lo que ella representa.

Dos historias distintas.

La de los Guevara.

Y la mía.

Dos caminos marcados por la persecución, la prisión, la tortura y la búsqueda obstinada de justicia.

Ambos terminaron encontrándose ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

No fue una casualidad.

Fue el resultado de años de trabajo silencioso, de expedientes levantados contra el olvido y de una mujer que nunca dejó de creer que la verdad merecía ser defendida, incluso cuando parecía que nadie quería escucharla.

La verdadera fortaleza no consiste en no caer.

Consiste en levantarse.

No consiste en no sufrir.

Consiste en que el sufrimiento no consiga arrebatarnos la humanidad.

Jackeline Sandoval de Guevara ha sufrido, ha perdido y ha vuelto a levantarse.

Y después de tantos años, tantas batallas y tantas heridas, sigue de pie.

Por eso, para mí, no representa solamente a una gran abogada.

Representa algo mucho más difícil de encontrar:

la dignidad de permanecer de pie sin dejar de ser humana.

Y esa clase de personas no solo defienden causas.

Defienden la esperanza.

Jorge Rojas Riera.