Los pensamientos llegan a mi mente de manera desordenada. Busco ordenarlos para darles forma y crear un hilo que exprese unas ideas nacidas de la memoria, del dolor y del honor.
Hay dolores que el tiempo no disuelve. Permanecen en silencio, esperando el momento en que una palabra, una imagen o una noticia los devuelva al presente.
Es el dolor de ver partir a personas queridas, el dolor de perder un país a manos de criminales; el dolor de descubrir que fuimos incapaces de alcanzar los objetivos por los que luchamos.
Y, quizás el más difícil de aceptar, el dolor de comprender que terminamos convertidos en moneda de cambio dentro de un tablero geopolítico donde los principios suelen valer menos que los intereses.
Esa comprensión deja una cicatriz distinta. Ya no es únicamente el sufrimiento de la pérdida, sino la amarga conciencia de que la historia rara vez recompensa el sacrificio individual.
Sin embargo, esa constatación no elimina la responsabilidad de permanecer fiel a aquello que uno considera verdadero.
Vivimos en un tiempo en el que el fracaso de las élites se hace cada vez más evidente. Lo contranatural se presenta como progreso, las aberraciones adquieren rango de ley, y el sentido común, ese lenguaje sencillo de la lógica natural, es estigmatizado e incluso criminalizado.
La inversión de los valores parece haberse convertido en norma, mientras la coherencia es tratada con sospecha.
Es precisamente en ese escenario donde el estoicismo puede ser malinterpretado.
El honor de haber permanecido siempre fiel a unos valores dictados por la lógica natural ofrece una recompensa silenciosa: una conciencia en paz.
Pero esa paz puede ocultar una trampa. Surge entonces lo que llamo la maldición del estoico.
No consiste en la serenidad, sino en confundir la ecuanimidad con la frialdad absoluta.
El hastío aparece cuando la aceptación del destino deja de ser fortaleza para convertirse en inmovilidad. El amor fati, llevado hasta un extremo donde todo parece inevitable, termina erosionando el impulso de actuar.
Poco a poco uno deja de acercarse a los demás, reduce el mundo al ámbito de su conciencia y acaba habitando una especie de desierto interior donde el silencio parece más seguro que el vínculo humano.
Marco Aurelio conocía esa sensación. En sus Meditaciones describía el humo, la fugacidad y la insignificancia aparente de las cosas.
Pero sería injusto leerlo como un profeta de la resignación.
Su enseñanza nunca fue abandonar el mundo, sino actuar correctamente dentro de él, incluso cuando el mundo parece haberse vuelto irracional.
La vida es breve. Precisamente por eso no merece ser consumida en el aislamiento.
Hay que romper el círculo del hastío, volver a encontrarse con los demás y recordar que la virtud no consiste en contemplar el derrumbe desde la distancia, sino en seguir obrando con rectitud cuando el resultado ya no depende de nosotros.
Porque el honor no está en vencer siempre.
El honor está en permanecer fiel cuando hacerlo deja de ofrecer recompensas visibles.
Y quizá sea esa fidelidad —más que cualquier victoria— la única forma auténtica de conservar la libertad.
Jorge Rojas Riera.